Una Mujer Fantástica, no durará ni 10 días en cartelera

Diversos medios y académicos relacionados al estudio del cine en nuestro país sostienen que el cine chileno goza hoy en día de buena salud; además de estrenar un mayor número de obras anualmente tiene mayor participación en festivales internacionales. Pero este relativo éxito ¿se traducirá en un mayor conocimiento y asistencia a las salas nacionales que proyectan cine hecho en nuestro país? La respuesta es no, algo anda mal y en el nefa lo intentaremos dilucidar -ahora le hacemos al arte, o lo intentamos-.

Es verdad que vivimos una etapa importante en materia de cine. En la década de los noventas y mitad de los años dos mil no eran mas de 10 o 15 las películas que se estrenaban anualmente, hoy en día se llega a más de 40. Esta bonanza se produce principalmente por el mayor número de escuelas que imparten la carrera, y a la mayor inversión estatal que sostiene esta actividad a través de los fondos de cultura. Pero toda esta maquinaria de producción cinematográfica tiene una cojera evidente: las películas se hacen pensando en el público europeo y no en el chileno, su éxito es afuera de nuestras fronteras. Qué pasa en nuestro país.

El enfoque estatal.

Gran parte de las películas que se hacen en nuestro país -salvo contados casos- tienen el apoyo del CNCA (Consejo Nacional de la Cultura y las Artes) quien a través de los fondos de cultura entrega los recursos tanto para la realización, como para la distribución de las obras. Este es el órgano que, a través de comisiones, decide a quien financiar y a quien no. Cada gobierno tiene un enfoque diferente, el que se manifiesta a través de la designación de los miembros de las comisiones que evalúan los proyectos.

Durante los últimos años se ha privilegiado el público extranjero antes que el nacional, se considera que las películas al tener participación en festivales y al pasar por salas en otros países se logra consolidar la “marca país”. Esto sumado a que festivales europeos se regocijan con cinematografiás que muestran problemas del tercer mundo provoca como resultado el éxito del cine chileno fuera de nuestras fronteras. El precio, abandonar el público chilensis.

 

El sexo vende

The chilean people.

Desde que se instalaron los estudios cinematográficos norteamericanos en Chile y empezaron a traer sus películas que nos acostumbramos a su forma de hacer cine; donde todo transcurre rápido, hay efectos especiales, comedias que caen en lo burdo, historias de amores imposibles, historias que apuntan a una filosofía de autoayuda con valores propios del neoliberalismo, etc. El público chileno está acostumbrado a eso.

Pocos son los casos en que películas de factura nacional logran la taquilla, pero en esos casos su éxito deviene de personajes televisivos, historias de sexo, y en aun menores casos películas de un discurso elaborado como Machuca y las de Fabula. Pero aún así, teniendo estos exponentes de calidad, el público prefiere las películas de producción industrial norteamericanas. Ya es un tema cultural. Quienes van al cine a ver películas nacionales son una élite, conformada por estudiantes universitarios y profesionales afines al arte, una élite intelectual.

Bajo este diagnostico ultra conocido poco ha hecho el aparataje estatal, los talleres de cine que abren un poco está burbuja que ha generado la dependencia a los productos venidos desde Estados Unidos son escasos y muchas veces por hechos por organismos ajenos al Estado. La educación se concentra en las matemáticas y ciencias duras antes que en otras disciplinas complementarias, pero eso es tema para otra ocasión. Es así como se perpetua la noción del cine solo como un bien de consumo rápido con fines evasivos.

 

El papel del realizador.

En el realizador radica la decisión de que filmar, ya conocemos el contexto, él decide si se enfoca en un cine más cercano a la estructura norteamericana -con lo que atraerá más público-, o se embarca en la aventura de pensar en el público extranjero y en los festivales. La mayoría decide la segunda opción.

Debemos antes entender el origen de quienes están haciendo cine en Chile, gran parte de los realizadores son egresados de alguna escuela formal de cine, las cuales tienen un arancel excesivamente caro. Estudiar cine conlleva un gran esfuerzo económico y quienes pueden costear esta inversión no son precisamente los sectores más bajos de la sociedad. Quienes hacen cine son una élite intelectual, y en muchos casos económica, por lo que como élite tiende a hacer obras pensadas en la élite, de allí que muchas películas sean ladrillos intelectuales que al chileno promedio no entiende. Y esto no es solo propio del cine, todas las “artes” son así.

No debemos creerle a los cineastas cuando dicen que sus películas son pensadas en el público chileno e invitan a verla, si la estrenaron en el extranjero resulta sinuoso que alguien ajeno a este rubro la entienda. Es hora de que los cineastas dejen de lado su discurso hipócrita y sinceren que sus películas no son para todos los chilenos, que son para una élite, porque ellos son una élite.

Con esto no hago un juicio de valor de que si es bueno o malo hacer películas teóricamente densas, a mi juicio es positivo que surjan estas voces, pero el discurso de como venden la película debe cambiar.

Con esto no digo que todas las peliculas deben ser como las de Badilla, Badilla es una mierda acá en Chile y en cualquier lugar

Es así que si no se invierte realmente en educar a las audiencias no habrá ningún cambio en este ámbito. El cine chileno en este momento, al igual que gran parte de lo que la institucionalidad considera “arte”, no es popular, no lo fue y nunca lo será.