En no pocas y reiteradas oportunidades hemos visto a la masa concertacionista hacer chirriar sus dientes de rabia al constatar las afirmaciones de Tomás Mosciatti sobre la supuesta renuncia de Bachelet. Desde lo más visceral, la rabia bacheletista se ha hecho expresar por medio de la difusión de esta fotografía, como gran argumento:

Pasando por el pueril rumor que Mosciatti estaría atacando a Bachelet por despecho juvenil: en un baile universitario, Mosciatti habría sacado a bailar a la ahora presidenta y ésta lo friendzoneó. Desde entonces, la bronca. Una historia vindicativa que está muy lejos de ser realidad, pero que encaja en toda la imagenería vital para victimizar a Bachelet: Mosciatti queda como un misógeno movido por el despecho, herido en su orgullo patriarcal de no poder dar rienda suelta a sus instintos más bajos de danza erógena.

De paso, se aprovecha de fustigar a periodistas como Pamela Jiles, dando a entender que algún financiamiento por parte de la Derecha debe de obtener. Se les olvida que Pamela Jiles fue varias veces perjudicada por los maltratos que la Concertación brindó a la prensa independiente; primero en Revista Análisis, luego en TVN. Entonces, suponer que lo hace porque recibe algún emolumento es negacionismo de las propias chanchadas hechas.

O pensemos en el caso de Juan Pablo Cárdenas, quien desde sus columnas matinales en la Radio de la Universidad de Chile hace los mismos cuestionamientos, sólo que no obtienen el eco que uno esperaría proviniendo de tan reputado periodista, ni siquiera en el tono escandalizado con que se fustiga a Mosciatti y Jiles; es, sin duda, la victoria de la operación concertacionista para desmontar a la prensa crítica.  Si existen, que existan en un nicho donde sean siempre ignorados. Recordemos que Cárdenas denunció una trama de corrupción en el gobierno de Ricardo Lagos que involucraba a un tal “Señor de los Cielos”.  Amables amenazas de muerte recibió. Hoy, el poder parece conformarse con que sea ignorado. Baste con el dato que la Radio Universidad de Chile solo cubre, a duras penas, a Santiago, y la pequeña red de radios asociadas parece desmembrarse: el año pasado, nada más, y no entendemos por qué, la Radio Valentín Letelier de Valparaíso se restó de dicha cadena estratégica en una jugada a nuestro juicio del todo desafortunada.

Hoy nos encontramos con la más calma, reflexiva y certera disquisición que hace Nicolás Copano (y a la que, por cierto, recomiendo poner atención): el punto inflexión radica en el momento en que Mosciatti pregunta acerca de la renuncia de Bachelet a Escalona.

¿De dónde saca Mosciatti la afirmación que Bachelet habría expresado la intención de renunciar? Primero, debemos señalar que la renuncia de un presidente no es cosa fácil y que está sujeta a una compleja interpretación normativa y factual del Artículo 29 de la Constitución. Segundo, es de esperar que esa afirmación haya sido hecha en un contexto de ofuscación, como amenaza a sus indisciplinados asesores -y de ahí, la editorial de Mosciatti: “Una presidenta taimada no sirve”; la amenaza de renuncia habría sido hecha como forma de presionar al entorno -y no como una afirmación seria de voluntad de renuncia. Piñera, en circunstancias peores, ni frunció el ceño. Al contrario, sólo aplicó más mano dura para aplacar las protestas. Así minó su popularidad.

Las cifras que está marcando Bachelet en la actualidad hasta en la encuesta presumiblemente más seria se acercan peligrosamente a las tristes cifras marcadas por Piñera de desaprobación/aprobación, y eso sin campus universitarios ni liceos gaseados ni estudiantes apaleados. Es el solo episodio Dávalos el que minó la credibilidad gubernamental, azuzado por un escándalo de enormes proporciones sacudiendo a la Derecha. La verdad sea dicha, hace tres meses la Derecha podía estar pidiendo clemencia; hoy, no puede sino solazarse que el centroizquierda se revuelca en su mismo fango pútrido, y hasta puede sentirse seguro que ambos se irán al carajo juntos, tomados de la mano.

He ahí el problema. Hasta hace tres meses la izquierda sólo tenía unas leves manchas de lodo: las boletas de Undurraga, que hasta podían tener una explicación de buena fe. Hoy, el dato de Julio Ponce Lerou, financiando transversalmente a toda la política chilena, y la intervención de Andrónico Lucksic, primero en el crédito a Dávalos, y luego váyase a saber qué otros aspectos de la vida política en el centroizquierda nos hacen temer lo peor sobre las gratitudes políticas que se deben.

Entonces, venir a cuestionar a Mosciatti por ver si podía sacarle a Escalona un desmentido -y no lo sacó; punto para Mosciatti -un rumor de pasillo de la Moneda, en circunstancias que tenemos tamaño buque en frente es, cuanto menos, mezquino. Sí, Mosciatti tiene mucho que explicar con su jugada, pero recordemos que un periodista que se labró esa credibilidad no la va a poner en cuestión en una jugada tan gratuita. Si esto hubiese salido de boca de alguien de Radio Agricultura no habría tenido el impacto que tiene ahora: en el programa de Sergio Hirane se hacen afirmaciones más osadas y nadie les da pelota. O si hubiese salido en La Segunda, habría pasado como “otra más de El Mercurio”. Pero no, viene de Radio Bio Bio, y de Tomás Mosciatti, quien hace dos años tampoco escatimaba en pesadeces para con el gobierno de Piñera. Por que los críticos suelen omitir el hecho que el mismo comentarista aplicaba la misma mordacidad con aquél gobierno. Ni qué decir de nuestro querido Ruperto Concha, a quien tratamos de hacer difusión todas las semanas, aunque sospechamos que nuestra presencia como difusores más resta que suma.

En definitiva, apuntar a Mosciatti es apuntar al mensajero. Es hora que los oficialistas asuman que tienen un problema impresentable. Con apuntar a otro no desaparecerá el doloroso antecedente del financiamiento brindado por el yerno de aquél que comandó el oprobioso régimen de oscura memoria.