No creo en la tolerancia cuando se oponen a lo que creo con la fuerza de la violencia; creo que la violencia es legítima si es en defensa propia,  y a veces la ofensiva es el mejor ataque. Dejando en claro que además soy de izquierda, que creo en la lucha de clases y que, probablemente, en unos meses más estaré militando, porque me cansé de la inexistencia de un proyecto concreto de izquierdas; tengo que decir que lo que más me apestó de estas elecciones, es la oposición a Piñera.

Antes de que cierren esta pestaña de su navegador, tiren su celular a la cama, o rompan su tableta con un martillo, déjenme decirles que no apoyo a Piñera. Sebastián es un ladrón en todo el sentido de la palabra, fue un presidente incompetente, que no halló mejor manera de sortear las crisis que matar a Felipe Camiroaga dejar la situación como estaba. No lo estoy defendiendo a él. Tampoco defiendo a las personas del barrio alto que votaron por él, pero sí defiendo al obrero, a la nana, a la señora golpista, al estudiante que solo vota por la derecha para hacer rabiar a sus compañeros de izquierda.

Los relatos de la izquierda progresista, así como los de la izquierda ortodoxa, están tan alejados de la realidad que se vive en las calles de nuestro país, que ciertos grupos de la sociedad chilena se sienten mucho más representados por el populismo de derecha, que por la amalgama sin pies ni cabeza, proveniente de la era del internet, a la que llamamos izquierda. Lo peor es que, en vez de considerar a estas personas que caen dentro del populismo de derecha como posibles aliados, los vemos inmediatamente como enemigos.

Los grupúsculos de izquierda se han vuelto tan sectarios, que piensan que cualquier persona que no comparta la ideología exacta que su grupo posee, es un enemigo, un bárbaro incivilizado parte de una cultura añeja que debe morir. En este sentido el progresismo, tan basado alguna vez en las ideas humanitarias de la aceptación de visiones diferentes del mundo, hoy se ha convertido en una fuerza estúpida que intenta eliminar pensamientos de la sociedad, sin entender por qué surgen, de dónde vienen y quiénes son las personas que los esgrimen. El gran problema es el cisma de la clase trabajadora, los viejos trabajadores separados de los nuevos trabajadores.

Mientras que los nuevos trabajadores están familiarizados con las nuevas ideas, las nuevas tecnologías, sus sentidos están extendidos por los nuevos medios y constantemente viven en el desequilibrio de la trepidante y fugaz sociedad de la información; los trabajadores antiguos viven en otro ritmo, con otras costumbres y comparten otros códigos entre sí. Los trabajadores nuevos son producto de la especialización; los antiguos, de la necesidad. El gran relato que falta entre los dos, para conectarlos, es la lucha de clases.

Pero estamos tan encerrados en las acusaciones morales, que no entendemos que lo que ha ganado las elecciones hoy en día, es una ideología que la izquierda no puede comprender, porque a pesar de parecer conservadurismo, no lo es. El conservadurismo no está en el papel, porque los valores del neoliberalismo -que se comportan como los electrones- no funcionan con los ideales profundos de la derecha autoritaria; el conservadurismo está en la mente de los votantes. La ideología que defienden no está definida aún, pero quizás en unos años más aparezca para anunciar el fin de la debilitada democracia chilena.

El lugar de antagonismo en el que nos ponemos es producto de la ideología neoliberal, la votación democrática se ha convertido en un ejercicio de eficiencia por parte de los partidos ¿Cuántos votantes podemos llevar? Finalmente ocurre la conversión de la ideología en un beneficio, si se llevan tantos votantes y se ganan tales elecciones, entonces tal y cuales leyes pueden ser aprobadas, lo que le daría estos beneficios a estos mercados y, por lo tanto, a estas empresas. Pero no es una conspiración, porque al fin y al cabo es verdad lo que dicen sobre la mano invisible: nadie controla el mercado. El capitalismo es un montón de cerdos compitiendo entre sí para ver quién alcanza a tragar más. No hay un gran líder tras el neoliberalismo, hay grandes pensadores, contratados por grandes compañías, y así como va la cosa, esas personas y organizaciones aumentarán su influencia y su poder en unos años más.

Es nuestra culpa que la señora Nancy vote por Piñera porque no hemos sido capaces de hacer una verdadera crítica al neoliberalismo y sus valores; una crítica que no solo sea real para los académicos, sino que también sea real para la gente que no ha tenido la posibilidad de estudiar. Cuando comenzamos a sentirnos superiores al resto de los trabajadores debido a nuestra posición moral, es cuando perdemos toda posibilidad de detener la opresión del sistema capitalista. Estamos impidiendo que personas que deben ser de izquierda, se conviertan a la izquierda. Y es que hay que tener dos dedos de frente: ¿Usted quiere que los ricos obtengan más privilegios a costa suya? No ¡Entonces usted es de izquierda!

Ojalá fuera tan simple.

Por eso es que digo, no odien a la señora de las sopaipillas que odia a los homosexuales. Ella no ha tenido el acceso que nosotros tenemos a las ideas progresistas. No ha sido influenciada como nosotros. Ella, al ser parte del mundo antiguo, morirá producto de la aceleración a la que se acerca la sociedad capitalista ¿Qué chance tiene alguien que no sabe usar una computadora, en un mundo en el que todo será hecho mediante esa máquina? El globo se dirige hacia la forma de una orquesta, cada uno debe tocar su propio instrumento ¿Alcanzarán los puestos para todos?