Oponerse al mechoneo fue una idea que la izquierda universitaria adoptó solo cuando fue electoralmente rentable. Anteriormente su opinión era neutra, lo que en la práctica implicaba cierta simpatía en razón de sus frutos.

La idea de suprimir el mechoneo -concepto ligado indefectiblemente a prácticas humillantes y degradantes a las que son sometidos los estudiantes que ingresan a su primer año de universidad -ha sido resistida siempre por los estudiantes más fiesteros. Uno habría esperado que las corrientes abolicionistas del mechoneo habrían de tomar fuerza a contar de 2011, suponiendo que el discurso sobre el cual las revindicaciones universitarias se catalizaron habrían hecho algún sentido en las mentes de los universitarios que las enarbolaron. Sin embargo, ésta fue resistida, y el mechoneo continuó incólume. Sin embargo, durante los últimos 3 años, y por otros criterios, fue que el mechoneo ha pasado a ser cuestionado.

La política, y por sobre todo la política universitaria, funciona en base a la conveniencia. Así, el 2012, cuando por primera vez planteamos la supresión del mechoneo, el rechazo fue unánime. Cuando en 2013 representamos lo contradictorio de apelar a ideas de solidaridad y humanidad que fueron las mismas que llevaron a la petición de educación universitaria gratuita en 2011 y aún así tolerar el mechoneo, la respuesta fue cuanto menos agresiva. Se nos contradijo apelando a que ésta era una tradición donde las personas ingresan para ser voluntariamente sometidas a tales tratos. Que, en fin, se trataba de una actividad de esparcimiento donde si un estudiante no quiere participar, sencillamente no lo hace.

Aquella es una simplificación espuria que desconoce cómo funcionan los grupos, tal vez consciente de que detrás está el fundamento que sostiene el poder dentro de los Centros de alumnos de carrera de universidad. Aquél que se excluye, por el motivo que sea, de los ritos de grupo, se excluye, también, del grupo. La amenaza de no poder socializar exitosamente en las primeras semanas es un aliciente suficiente para no querer excluirse de dichos rituales, tal como votar en contra las posiciones mayoritarias a mano alzada y públicamente estriba, en la práctica, en la marginación del estudiante que las suscribe. Ello explicaría, de paso, los bajos cuórums de participación en las elecciones estudiantiles que solo recientemente estarían asimilándose a los cuórums de participación de la sociedad en sus propias elecciones, pero por la baja de éstas y no por una alza de aquellas.

La eliminación del mechoneo requiere de una acción más activa y enérgica que meras columnas de opinión que apelan a enrostrar las características antihumanitarias propias de una actividad como ésa. Tres años tarde llega la decisión de su supresión en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, de la mano de posiciones posmodernas, por criterios oblicuos y solo cuando se consideró que no era electoralmente adverso, luego de leer las señales propias de los tiempos, con un estudiantado más delicado de trato, que por la intrínseca crueldad de la actividad en sí. Una lástima, entonces, que estos pasos vayan solo recién de la mano de haber concluido que electoralmente era ventajoso estar en contra que a favor de las prácticas salvajes. Así mismo, llama la atención que las federaciones de estudiantes no tomen medidas más enérgicas contra el mechoneo, desmarcándose de su ejecución y atribuyéndola a grupos de estudiantes que actúan en uso de su autonomía y no como parte de una corporación. El problema es que asumir posiciones sancionatorias implicaría ponerse en el rol de policía, algo que tan libertarias organizaciones no se pueden permitir, no sin emerger como coadyuvantes de autoridades universitarias que se hallan en las antípodas, casi en el rol de enemigo, y ahí sí que oponerse al mechoneo pasa de ser una posición progre a volverse yuta de la federal.

Y por eso que toda oposición al mechoneo se reduce al “por favor, ¿pueden mechonear suavecito?”. Lo suficiente para ganar votos y voluntades. Pero nada más.