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Un estudiante de enseñanza media se sienta en un rincón de la sala durante las alianzas del colegio. Todos sus compañeros, o al menos la gran mayoría de ellos han participado en la confección de preciosos carteles, lujuriosos disfraces y maravillosa utilería. Todas las semanas desde hace un mes, los estudiantes de aquel colegio se reúnen después de clases en la casa de un alumno de cuarto año medio a emborracharse, jugar y preparar el material para las alianzas. Aquel compañero de cuarto medio que es un zorrón que ejerce el rol de proveedor, es también quien elige a quienes conforman el equipo de fútbol y el rey de las alianzas.

Nuestro amigo está ahí, en una esquina viendo como todos se divierten, una amiga se acerca y le pregunta qué le pasa, el joven le dice no me gustan estas actividades, me caen mal los weones de cuarto, son puros culiaos mala onda que lo único que hacen es comerse con nuestras compañeras –aunque en verdad solo dice lo primero, que no le gustan las alianzas, las razones se las guarda- y la compañera dice que es un fome y que debería alegrarse, que vaya un rato al patio. El pupilo se levanta de mala gana, la sigue y cuando salen el sol pega muy fuerte y lo único que puede hacer nuestro amigo es taparse los ojos, gritar y pensar que no debería haber salido de la sala.

En una esquina del patio está el zorrón, nuestro amigo lo divisa luego de que sus ojos se acostumbraran a la luz pendenciera -que en verdad no era tan fuerte y que cuando las pupilas se acomodan, se puede apreciar que el claustro de recreo es tan sombrío como cualquier otra parte de la escuela- y entonces se recuerda de la semana pasada, cuando lo invitaron o sus “amigos” le pidieron que asistiera a una junta de organización de las alianzas.

Estaba un poco emocionado o excitado y se hacía preguntas del tipo ¿a quién mi iré a comer? ¿Me irá a pescar alguien? ¿Qué iré a hacer ahí? Pero luego de vestirse con la mejor ropa posible, tomar la micro y llegar a la casa del zorrón de cuarto, se dio cuenta de lo que ocurría ahí dentro. Comemierdas, todos comemierdas. Dios sabe de lo que hablaban, pero hablaban y se reían en un lenguaje incomprensible, entonces nuestro amigo se sienta en una esquina y cuando es la hora de ensayar el baile, se marcha sin decir adiós. Sin embargo, una imagen le da vueltas en la cabeza, el rey de las alianzas agarrando a paipes a un compañero de su curso, uno  o dos compañeros de su curso riéndose con él, obviamente tratando de caer bien, y los otros flacos impopulares sosteniendo cosas en las manos.

Esa imagen le viene a la mente ahora, mientras el zorrón da el discurso motivacional para ganar las alianzas y sostiene a perfecta cintura de la compañera reina, esboza una sonrisa, mira a todos hacia abajo porque sabe que todos le escuchan, algunos hasta con admiración.

Rodeados de utilería mal hecha y disfrazados como el pico, comienzan a bailar la canción de Cachureos, para luego pasar a Michael Jackson y terminar con algo así como Grease o alguna otra mierda trillada. Todo el colegio aplaude, menos nuestro amigo que en ese momento se hunde y se pregunta ¿Por qué todos se divierten menos yo?

Pasa la media y a pesar de las predicciones del profesorado y parte del alumnado, nuestro amigo llega a una universidad. Su convicción política basada en que el mundo es una puta mierda lo obliga a participar en política. Conoce alguna gente, conversa con ellos y algunos incluso les toma algo de afecto. Pero cada vez que baja las escaleras y los ve ensayando bailes, pintando carteles y haciendo utilería, no puede dejar de acordarse de las alianzas.

Cada vez que ve a los líderes de las organizaciones en sus fiestas, ebrios y bien parecidos, golpeando las espaldas de compañeros de generaciones inferiores, no puede dejar de acordarse de las alianzas. Y cada vez que ve a gente hablando en un lenguaje indeterminado, en sintonía, balbuceando agresivamente y de una forma que es imposible de rebatir, no puede dejar de acordarse de las alianzas y aquellas palabras con las que los menores asentían a los mayores para quedar bien y en algún momento poder tomar su lugar cuando desaparecieran del mundo estudiantil.

Cada vez que ve a sus compañeros pasándolo bien y luego llamándolo un martirio revolucionario, no puede dejar de acordarse como sus compañeros de liceo llamaban un sacrificio juntarse a tomar y a organizar las alianzas, y luego restregaban en la cara a los que no participaban que si su alianza ganaba, todo iba a ser gracias a ELLOS y no a la gente que no estaba ni ahí con ser populars, o que si quería ser populars, no podía, porque había un gil que elegía quién jugaba a la pelota y quién no.

Nuestro amigo piensa que todos van a salir de la U y que en cinco, seis, siete años más, van a haber otras alianzas, donde todo se repetirá una vez más.

 Una vez más los líderes golpearan las espaldas de los amigos serviles, y las mujeres suspirarán por quienes golpean espaldas, hablan fuerte y eligen los equipos de fútbol, y se pintarán carteles y se harán bailes y utilería para acompañar sus sonrisas, y gente se parará en los rincones de la universidad a preguntarse cosas sobre sus compañeros, y así y así y así.

La única esperanza de nuestro amigo es el derrumbe de la civilización.