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Bajo el término feminismo se agrupan varias corrientes de pensamiento, que, básicamente, se supone -se supone -buscan terminar con la situación desventajosa de las personas en la sociedad por el mero hecho de ser mujeres. Sin embargo, las propuestas para llegar a tal cometido difieren en intensidad, y así mismo sus promotores difieren en la forma de su promoción. Así las cosas, tener que referirse como “feminismo” a todas ellas resulta complicado.

Resulta complicado sobre todo a la hora de tener que presentar reparos a los argumentos que desde dichas posturas se esgrimen. Hemos observado una progresiva tendencia a promover severas restricciones de derechos propias de las sociedades democráticas contemporáneas en nombre del feminismo.

Una de las más recientes inciativas es la punición a la apología del delito promovida en España, que ahora alcanzará a todo delito relacionado con la violencia de género. A juzgar por la amplitud del maleficio, se considerará apología del delito el describir el acto, representar el acto, cuestionar la veracidad de una denuncia, representar la inconveniencia de la tipificación de un acto dentro de la violencia de género, un texto enmarcado dentro de la representación artística o humorística.

Si la apología del delito -cuya prohibición de por sí es cuestionable a cualquier propósito -busca evitar que se promuevan dichas actividades, el extender la prohibición incluso a quién cuestiona la pertinencia de las sanciones propuestas resulta excesivo, cercano al totalitarismo. Es que no se puede concebir inclusive que el mero disentir -que no es una apología a la muerte de mujeres, no -se pueda también enmarcar dentro de dicho concepto.

Cuando se quieren reducir así las libertades políticas, es inevitable que una persona medianamente letrada no comience a sospechar de estas medidas. Nos recuerdan nada menos que a la vieja doctrina del derecho penal del enemigo, donde el enemigo no es solo el anarquista, o el terrorista; desde el funcionalismo, todo aquel que no quiera aceptar la norma es de por sí enemigo. Eso no incluye sólamente al que comete el delito, sino también al que cuestiona, piensa y reflexiona distinto. Una norma como aquella no es más que la distopía Jackobsiana trasladada desde el combate al terrorismo a la violencia de género. Sorprende que hayan personas que dicen adscribir al feminismo, luego, de izquierdas, que celebren estos métodos normalmente enclaustrados en la derecha.

Y efectivamente, la propuesta española es promovida por la sección Femenina del Partido Popular. Algún mandril expresó de la forma más desafortunada posible su oposición, y a partir de ello las corrientes de izquierda más radicales adscritas al feminismo hicieron del ataque a dicho mandril, una apología a la idea liberticida.

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¿Por qué hemos de manifestar aprehensiones frente a tal idea? Haremos el siguiente ejercicio: admitiremos que en ciertos supuestos, la apología del delito sí daña bienes jurídicos a una intensidad importante, por lo que es admisible su punición. Sin embargo, la amplitud del maleficio propuesto cubre varios supuestos más allá de la apología del delito punible. Gracias a este tipo de cosas, los chistes de Teviolín y Teviolo merecerían cárcel; un video como el de “Hey, hey, hey” sería prohibido; pero también, obras cumbres de la humanidad serían vetadas ad eternum por su carácter machista. El “Otelo”, quemado y arrasado por contener un femicidio; cantar “La Donna e mobile”, un insulto. Las teas ardientes amenazan el templo que Hipatia resguarda, y lo más chistoso -o triste -es que lo hacen para proteger a Hipatia.

¿Son todas las feministas así? ¿Promueven o están de acuerdo con tal nivel de barbarie todas las feministas? Lo dudamos mucho. Alguna vez se quiso acuñar el término “hembrismo” para descartar estas expresiones extremas del tronco principal; las aludidas rechazan la etiqueta y de vuelta hablan que las feministas que les han otorgado tal identidad no son verdaderas feministas; serían hombres con vulva.

Se acuñó también la muy hiriente expresión “Feminazi”, una palabra bastante expresiva que sintetiza todo el problema de dichas posturas: la obsesión por recortar libertades civiles. Se enrostra, de vuelta, el mal pedigree del término: habría sido acuñado por un activista evangélico ultraconservador antiabortista en plenos años noventa. Y vuelven a insistir: que se las llame feministas.

De nuestro lado no estamos dispuestos a otorgarle tan prestigiosa etiqueta a una doctrina de odio morboso.