¿Podemos admitir cualquier aberración en política solo por que éstas las ejecuten o sean lideradas por mujeres? En ese sitio machista la respuesta es muy obvia

¿Les suena el Pinkwashing? En breves líneas, se trata de, en el contexto de la revindicación de los derechos de la población LGBTIIGBEEYO hermanos brothers (o sea, gays y otras categorías asimilables en razón de lo discriminados que son), con tal de encubrir otro tipo de discriminación. Esto lo denuncian por sobre todo los Palestinos, toda vez que Israel es impulsado como un destino idílico para los gays.
Usemos el mismo factor común: población discriminada o desvalorizada históricamente. Ahí lo tenemos: la mujer. Bajas cuotas de participación en política, toda vez que es relativamente reciente (no más de la mitad de la historia de las repúblicas modernas; pretender contar más atrás es trama, no se suban por el chorro, tramposos). Estamos mejor que hace 20 años, pero hay grupos que nos quieren hacer creer que estamos igual que hace setenta. Como sea, puede que tengan razón, nosotros solo estamos planteando que sus afirmaciones pueden adolecer del mal de la exageración.

Con lo que nos comienzan a joder es que vengan a decirnos que cualquier crítica contra una mujer en una posición de poder es una manifestación de machismo.

Uno puede pasar de largo por toda la sarta de idioteces y no tan idioteces que han dicho. Que hay pocas candidatas mujeres, sí, puede ser. Que las eligen menos, sí, también, pero eso no es necesariamente manejable por quienes los candidatean. Que les meten menos dinero a sus candidaturas, sí, eso sí puede ser, pero necesitaríamos ver montos y ver si efectivamente hay una relación de causalidad inyección de dinero – resultados electorales. Pero de ahí a pasar al “femicidio político” (que más que risa, como concepto producía estupor de cómo se estiraba tanto el chicle) hay un trecho demasiado largo que pone a prueba la paciencia de las personas más razonables y escépticas del panorama.

A raíz del nombramiento de Javiera Blanco y las críticas a Bachelet por su nombramiento, salieron de inmediato con la vieja confiable: estas críticas obedecen al machismo instalado en la sociedad. Jamás a que la suma de errores, omisiones y abandonos generados por la lobbysta de Paz Ciudadana la hubieran coronado de suficientes deméritos como para relegarla a leer libros en un doctorado perpetuo, no para la actividad política, y mucho menos para litigar en nombre del Estado. Pero no, nuestras critica son producto de la misoginia. Es que odiamos a las mujeres, no soportamos ver a una en la Presidencia, tampoco otra en el Consejo de Defensa del Estado, contratada a perpetuidad. Sí, seguro, lo de Sename lo alucinamos. O de repente esos pendejos se lo merecían, para qué vamos a andar con pavadas. Javiera Blanco lo hizo bien. Y más aún lo hará bien cuando seguro el CDE deberá litigar contra la misma Javiera Blanco cuando se llegue a la conclusión que se debe perseguir su eventual responsabilidad. ¿Conflicto de interés? Nah, pura misoginia.

Y luego tenemos a la señora Supertanker. Le han prestado ropa como quieren, ah. “El cartel del fuego” es un antecedente inquietante que delataría que la desidia demostrada era en realidad una actividad criminal en busca de lucro. Sin embargo, eso no quita que la actividad de la señora Avilés no haya dejado de ser súmamente interesada. No fue más que la competencia de dos actores privados, los viejos contratistas corruptos, contra un actor que no puede viajar a ninguna parte sin meter ruido mediático -la cantidad de ruido, y por cierto, humo, que metió el Supertanker es impresionante -pero que de todos modos cobra honorarios. ¡Y qué honorarios! Cuando supimos que el Supertanker podía hacer seis viajes diarios en lugar de los dos con los que comenzó, y considerando que cobraba por día, no pudimos sino sospechar que aquí también nos estaban viendo la cara de mensos. Más aún, el avión ruso hacía la mitad de litros, pero lo hacía gratis, y lo seguirá haciendo gratis. En cambio, para acceder al Supertanker hubo que recurrir a la “filantropía”, ese eufemismo que tienen para la caridad a grandes escalas.

Por supuesto, cuando el donante es la esposa de un magnate cuya empresa, justo esa semana, era apuntada por el SII por no pagar todos los impuestos que correspondían, es evidente que uno sospeche que el gesto no es del todo tan generoso. Y más aún, cuando salta a la luz que es la hija de un oscuro funcionario de un gobierno aún más oscuro, y cuando su hermano sale a exigir gratitud y a meter a la ley de aborto al baile, uno ya sabe que acá no fue nada de gratis.

Cuando ya la crítica fue inevitable, Lucy Avilés salió con la vieja confiable: era una expresión de machismo, nuevamente.

Si hemos de tolerar toda clase de triquiñuelas solo porque las maquina una mujer, o las ejecuta una mujer, el derecho a crítica ha muerto, y la sociedad quedará expuesta a ser dominada por una serie de personas con patente de corso para hacer cualquier cosa, en nombre del combate al machismo.