La Teletón, qué mentira más grande. Bájense del pony, la Televisión nunca ha generado esa impresión de “unidad colectiva” y sentido de pertenencia que pretenden hacer sentir con la sarta de frases prefabricadas que de tan redundantes y poco originales suenan tan falsas como son. Es decir, los ves en la semana desplumándose en programas de farándula y el viernes los vez abrazándose. Una de las dos escenas es mentira, necesariamente.
Pero más todavía es el ver a los gerentes de las televisoras presentando la Teletón. Todos repetían discursos vacíos, en torno a las ideas de solidaridad, amor, y abrazo. Curioso, en una época donde la televisión ve sus niveles de audiencia caer a pique, en parte porque las exigencias del mundo actual, donde cada vez es más difícil acceder a un trabajo decente, estable y con un horario acotado es más difícil, y de paso tener horarios para seguir un programa de televisión en horario fijo es imposible -por no hablar que llegas a casa con ganas estrictas de dormir hasta que suene el despertador y vuelta a la moledera -, sigan alimentando el mito de que la televisión, y en específico la Teletón, pueda reunir a la gente. No hay estadísticas de audiencia de la Teletón. Creo que es por algo: para no delatar el progresivo desinterés masivo de la gente por ver televisión.

Como sea, no es el principal objetivo de esta diatriba el apuntar a ese tópico. No. Mi problema es con otro asunto.
Alcancé a ver 5 minutos de la Teletón antes de sentir las incontenibles ganas de ir a vomitar. No solo fue el inicio con los gerentes de los malos canales que tenemos por aire, sino el inmediato chantaje emocional.

¿Qué haríamos sin Teletón?

Esa es la pregunta que nos hace, a mansalva, un niño en silla de ruedas. Y de paso, otro niño, que no requiere de ella para desplazarse, hace de replicador de esta pregunta. ¿Qué pasaría en el país si no hubiese habido Teletón? ¿Si Don Francisco se hubiera conformado con regalar conejos en las Tomas de terrenos en lugar de apadrinar una fundación? Ahí me salí del comedor. La Teletón ha sido cuestionada una y mil veces como el corolario de un diseño institucional que deja al azar la solución de las necesidades de salubridad, ya mediante virales de dudosa verosimilitud (con “La ONU dice que la Teletón” bla, bla, bla, pero la fuente es el Chilecorrupción de izquierda) pero sí: en un país donde la salud pública para la gente de a pie es penosa, para la gente que termina en situación de quedar discapacitado la cosa se vuelve peor. Entonces llega esta fundación, demostración de que el privado todo lo puede, y otorga dadivosas prestaciones que mejoran su calidad de vida.

Pero ¿cómo lo hacen? Chantaje emocional. Niños que se dedican a juntar moneditas en un tarro, privándose de las pocas cosas que los niños pueden comprar con dinero para donarlo. Niños que ponen caras tristes. Niños llorando. ¿Todo para qué? Para que vayas a donar. Si no entregas tu dinero, te sentirás mal, una pésima, una eterna mala persona. Omitamos todo el entramado gigantesco de intereses corporativos que hay detrás. Omitamos también que la Meta es el vuelto del pan para algunas fortunas del país. Omitamos también que el Banco donde se guardó el dinero de la Teletón, Penta, fue el que pagaba sobornos a políticos que hoy son investigados. El soborno se pagó con los intereses.

No, que no se te pase por la mente ni un segundo esto. Antes que comiences a pensarlo, ya te tengo preparada esta nota de un niñito que cruzó la calle, lo atropellaron y quedó parapléjico. ¿Y si fueras tú, m3n? Piénsalo. O si fuera tu hijo o hija, o sobrina, o qué sé yo. Un recurso emocional cuidadosamente pensado para que se te olvide el sucio soporte de falsedades y corrupción que busca expiación cada año. Un recurso para que se te baje la débil erección de la Vedetón y saques la tarjetita de crédito para ir a donar. Porque la poca gente que cae presa de la televisión, gente que no tuvo cómo escapar de la televisión, porque la internet habrá llegado a la mayoría de los hogares pero no todos tienen herramientas para usarla, aún es objeto, sin cuestionarlo siquiera, de sus directrices.

Un año más, no encenderé la televisión y me quedaré alejado de ella. Es aburrida, ha sido permanentemente aburrida, pero ahora es insultante. Y aunque hemos de tener presente que sin Teletón habrían muchas familias aún más arruinadas de lo que ya están, también tenemos que cuestionarnos permanentemente nuestra estructura de sistema de salud. Y el transporte público, de paso. Pero con estas continuas alabanzas a la empresa privada se hace un tanto difícil que la gente despabile.