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Encontré el diario de mi tío el 17 de Septiembre del año pasado. Antes de que muriera de cáncer a los bolsillos, me pidió que me encargara de ciertas tareas, entre ellas, revisar las pertenencias que había dejado  debajo de su cama para mí. Extrañeza me provocó, lo que encontré en la caja de zapatos que tan recelosamente había guardado en vida; recuerdo que soplé el polvo y retiré la tapa, encontré adentro un objeto de metal, el cual podía separarse en dos, mostrando una superficie dentada y un magneto que mantenía las partes unidas; una pipa pegajosa, una bolsita con alguna hierba, que decía “colombiana” (supongo que debe haber sido algún objeto sagrado de los chamanes del Amazonas, pues en vida mi tío viajó numerosas veces a visitar a sus amigos en la selva). Además de la bolsita, la caja contenía un sable láser plateado que vibraba, pero no tenía luz ni el plástico de color retráctil que simula el láser, olía mal y tenía una que otra mancha de color café. Debajo de todas esas cosas, había un cuaderno forrado, y en su interior, leí sobre sus travesías en la Amazonía Colombiana, sus viajes a Juan Fernández y  las últimas páginas hablaban de su investigación, sobre un accidente aéreo bastante mediático. Decía sobre el día 23 de Abril:

“Es impresionante, nunca había comido centollas tan ricas, tienen un extraño sabor a halcón. Noté que el cabro de la mesa de al lado juega para mi equipo, que entretenido es Juan Fernández, no he pasado noche helada desde que llegué a la Isla. Sin embargo hay algo muy raro con la gente del archipiélago, están pasados a piure, debe ser porque descienden de los porteños, que están pasados a copete y pico; en fin, saldré a dar una vuelta para “refrescarme” junto a Damián, mejor llevo harta vaselina.”

Después de eso, hay varias páginas faltantes, la siguiente entrada del diario de mi tío dice así

“Anoche la pasé bien, pero sigo preguntándome por qué todos están pasados a pescado, nunca se bañan y están todo el día viendo matinales antiguos, en teles antiguas. Lo que más me llamó la atención, es que hay una calle llamada Felipe Cubillos, justamente como el tipo que se murió en aquel avión ¿Coincidencia? No lo creo, no por hacer casas a los pobres y morirse, le dan a una calle tu nombre, hay algo macabro en este pueblo”

Así, seguí leyendo, cada vez las escrituras de mi tío se volvían más y más enfermizas. Hablaba sobre los ritos de los isleños, como adoraban calendarios con la imagen de un ídolo, un dios que emergerá de las profundidades.  Diagramas y dibujos adornaban el diario, y a medida que avanzaba me sentía asqueado, la crudeza de los relatos de mi tío, me disgusta tanto que no he de copiarlos. Sin embargo, descubrí un código entre las páginas, cada cierto tiempo, aparecía un número al azar, al juntar todos los números, siendo un total de siete, formaban este número:

2011029

He decidido viajar a Juan Fernández y descubrir el misterio, pues así lo expresa la voluntad de mi tío.

 

 

CONTINUARÁ