La ira es un lujo. Hacer estallar la ira, echar afuera la ira es un lujo. La ira ha destruido civilizaciones, amistades entrañables, familias, matrimonios, vidas. Bien lo sabían los antiguos, que consideraban la ira un lujo de dioses. Y por ello temían de ellos la ira.

Pareciera que al chofer que manejaba la combi de Papas Fritas lo encegueció la ira. Una ira latamente masticada, cultivada en el tiempo, que se coronó ayer, en un acto que tenía más de psicomágico que de violento. El juez, suponemos, sarcásticamente, le recomendó que se hiciera ver por psiquiatras, tras la explicación, del todo válida, que se trataba de una acción de arte. Sus abogados se verían bastante beneficiados y aliviados con tal teoría del caso: aducir un trastorno mental transitorio dejaría desnuda cualquier idea de la fiscalía por punir. Para los amigos del chofer, incluso, la idea de la locura resulta una explicación rauda para que todo cuadre y no tener que dar más explicaciones que dudosamente el vulgo logrará entender.

Pero no nos la vamos a creer.

¿Qué sentido tiene mentirnos a nosotros mismos?

¿Qué haría usted si estuviese al volante de la Kombi? ¿Si tuviese entre sus manos aquella mole, aquella máquina imponente, y una reja que te impide el paso, qué harías? ¿Y sobre todo si has sido humillado, ninguneado, saqueado, violentado, una y otra y repetidamente por aquellos que deben hacerse de un cordón policiaco para celebrar sus glorias?

¿No habrías tú también apretado el acelerador?

¿No sentirías también que lo haces en tus cabales?

Piénsalo. Estás endeudado hasta los 80 años. Nunca lograste concretar tus planes de vida. Te han defenestrado una y otra vez. Has llorado, has mordido el polvo, has conocido el suelo y el dolor. ¿No apretarías el acelerador? ¿No te darías ese gustito, el de usar lo único que te dejaron: la ira?

Aquella decisión la tomas enteramente en tus cabales. Sin duda que apretado por el perro negro de la depresión, pero consciente de que lo haces en uso de tus facultades mentales.

Es la ira. Es aquella que antes solo estaba vedada a los dioses. Si un mortal osaba hacer uso de la ira, arriesgaba mucho más que su propia existencia.

Nos conviene a todos decir que el chofer de la Kombi está desquiciado. Es la única manera de denostar a la rabia que por años han masticado miles y miles de chilenos, de mandarlos al psiquiatra antes que se les ocurra tomar otro automóvil viejo, una retroexcavadora, una bicicleta, y se decidan pasar por sobre las vallas y tomarse el Congreso.

Echar a andar la ira es un lujo demasiado caro.