El jueves, nada más, viajaba rumbo a Valparaíso en una micro. Iba ofuscado, pues intentaba estudiar con la música a todo volumen, gentileza del chofer.  La radio, Carolina. El locutor, con expresión no menos que oligofrénica, anunciaba que no sabía si venía otra canción o un “llamadito”, de esos típicos saludos de cumpleaños. Pasan al llamado. Habla un tipo con voz de lobotomizado, que parecía solo esperar el partido de Chile para sacar unas cervezas.

“Oiga, quiero mandarle un saludo a la alianza morada del Colegio San Juan Rey (o algo así, como todos esos nombres genéricos de colegio). Y además decirle a todos los papitos que el sábado no falten a la marcha contra el cierre de los colegios porque los quieren hacer particulares, y no vamos a poder llevar a nuestros hijos a colegios”…

Todo mal. El caballero en cuestión, que seguramente se ha convencido que hay que hacer todo lo posible para brindarle a sus hijos una educación “de calidad”, como si acaso aquello fuese mensurable tal como en el caso del sabor de los chocolates, o el rendimiento por kilómetro de un motor, está nervioso por que le dijeron que con las nuevas normas contra el lucro su colegio tendrá que renunciar a la subvención (porque el sostenedor no está dispuesto a no retirar dineros para darse la vida de pequeño magnate) y deberá cobrar la colegiatura propia de un colegio particular sin subvenciones, o derechamente cerrar, porque no va a ser negocio. ¿Qué tal? Esto es como si de un día para otro una tienda de carteras anunciara que tiene que cerrar porque ya no la dejan explotar obreros de países subdesarrollados, así que como darles condiciones de trabajo humanas y conforme a la ley, el margen de ganancias se reduce, cerrarán la industria, ¡Y los clientes se pongan a reclamar contra los obreros por flojos!

La realidad de las subvenciones es súmamente dura. La Ley SEP, que aumentó el monto que se paga por acoger alumnos “vulnerables” (el disfemismo perfecto para no decir pobres) hace creer falsamente a las personas de escasos recursos que han conseguido encontrar un colegio que les da “calidad”. La realidad es que los dineros de la SEP les permiten levantar un colegio con 300 alumnos en doble jornada, con pocos profesores, la mayoría de alta rotatividad (no alcanzan a estar más de un curso en un mismo colegio, con gran precariedad laboral) y sus dueños pueden irse de vacaciones al caribe en septiembre, mayo, invierno, cuando se les pare la raja. Esto es real, no una suposición. Si usted tiene un presupuesto chico y cree que por meter a su hijo en un colegio enano con SEP la está haciendo de oro, pues no: lo están estafando. Le están gastando al menos 3/4 de las subvenciones que paga el estado en los placeres del sostenedor.

Y usted, defendiendo al dueño del boliche.

En realidad, todo lo que subyace detrás es el miedo a la gente distinta. El miedo a sentirse parte del mito de estudiantes malos que van a solo calentar el asiento (como si estos acaso no existiesen en todas partes). Se conforman en que los entrenen para que les vaya bien en el SIMCE y saquen lo suficiente en la PSU para entrar a estudiar a la UNAB. Todo con tal de no tener que pensar en la tortura de ir a un Liceo Municipal. Allí, donde supuestamente hay “niños violentos” que los “maltratan”. En realidad eso se debe, primero, a los blandos régimenes de disciplina escolar que les impiden intervenir a los municipios en su desesperación tanto por retener matrícula como por no seleccionar, y luego a que las situaciones de violencia en el sistema subvencionado se niega en nombre de mantener el estatus. Al final es la obsesión por no mezclarse con pobres, aún cuando se lo sea, aún cuando la educación que se reciba esté en condiciones tanto o más precarias que en los establecimientos educacionales que tanto se aborrecen.

Al final, el gran problema de la Concertación subyace en que, decidido por fin a ponerle coto -tardíamente, por cierto- al problema del lucro, optó por la asfixia a los empresarios de la educación en lugar de la estatización. El asfixiarlos en lugar de pulverizarlos les da margen de maniobra para que puedan rogar clemencia. En el interin lograrán el perdón y seguirán viviendo y lucrando. Para variar, una mala reforma que se caerá sola por su propio (poco) peso y ni siquiera logrará su propósito más básico.

Por cierto, qué decidor es que la presidenta de la Confepa sea de Villa Alemana. En 2006 la primera fractura del movimiento estudiantil se produjo allí, pues los centros de alumnos de Villa Alemana estaban en desacuerdo con el fin a los colegios subvencionados, por el argumento de que “acá todos los colegios lo son, y nos quedaremos sin estudiar”…