Homena… CALLATE MIERDA

 

Nuestros archirrivales de Noesnalaferia demostraron nuevamente su vocación de medio de comunicación de masas dulces. Como en un vulgar programa de cocina, tenían los posts cocinados sea cual sea el resultado. De otro modo no se explica que, unos cuantos segundos después que por televisión se develara el resultado final de tan insulso programa, el sitio apuntado por nuestro dedo inquisidor (me di miedo a mi mismo con esa descripción) publicase de inmediato un panegírico perfectamente acomodado en el supuesto que Ignacio perdiera.

Pero esto implicaría o que Sandoval es pitoniso -con el consiguiente ardor de partes nobles en la Sociedad Atea Escéptica de Chile – o que tenían listos dos textos acomodados para cualquiera de los dos supuestos.

Nuestros jaquers chinos se metieron al computador de Sandoval, y aparte de encontrar montones de cosas aburridas y mucho porno (¿a quién le importan esos correos de un tal choclo hablando tan distendido con una tal Carol?) dimos con el borrador del post que se había preparado en el supuesto que Ignacio hubiese ganado la competencia.

Como en esa teoría de los universos paralelos. No sabíamos muy bien si publicarlo sin generar una paradoja en el espacio tiempo, pero a la mierda: acá va, acallub acbar.

 

Ignacio, tu victoria es la de todo un pueblo. El pueblo pobre que en tus manos vio las suyas, las mismas que un día hubieron de manipular la basura de los ricos, la escoria de la escoria de la sociedad.

La victoria de los renegados que con esas mismas manos debían de preparar y tomar sus alimentos. Lejos de las delicatessen que debías preparar, lejos de los presupuestos holgados de la alta cocina, preparando platillos ajustados a presupuesto y tiempo.

Nos hiciste olvidar por una noche la dura realidad, aquella donde saludabas brevemente a los vecinos de tus calles, que arrebatadas de bolsas esperaron tu paso apurado tantos años, a las doce, a las cuatro, entre perros de hocicos podridos al acecho de los cerros de basura acumulados en la esquina de los pasajes de quienes hasta ahora lloramos tu segundo lugar en Master Chef.

Tu triunfo es siempre duradero, al contrario de esa ansiedad infantil que aunque te esforzabas eras incapaz de reemplazar por palabras corteses, por respuestas políticamente correctas cuando un chef te decía que estabas cocinando como un profesional. Duradero, como la rabia sin rencores, pero plagada del orgullo de los que sólo tienen el trabajo cuando el francés te “agarró pal show”. Porque tú no estás para el show de nadie.

Sí estás -o estuviste- para decirle a una tropa de televidentes asombrados por tu honestidad que a pesar de la ausencia de viajes y de años de escolaridad los veinticinco millones son tuyos. Pero ¿habrá sido ese simple cheque el objeto de tu entrega semanal cual mechón en su primera clase? No, tu misión y objeto de deseo fue fundamentalmente romperla y decirle a un país de cínicos y atolondrados por su desubicación de clase que ser “recolector de basura” y cocinar bien no es un fenómeno; lo raro es la ignorancia de los oficios que el mercado pulcro ha invisibilizado bajo la capa de la tercerización, bajo la máscara de “colaboradores” y bajo el uniforme recién lavado que da brillo al subcontrato.

Ignacio, tu victoria es siempre larga, porque la vocación de tu guerra no duda en olvidar cualquier afán de sofisticación en una final para demostrar que si vas a ganar lo harás honrando, en la batalla final, a los que sustentan tu presencia en las grandes ligas: los temporeros del sur, que petrificaron su dignidad en el extraño zapallo de tu postre.

Es que tú no podías pretender, con tu madre y tu hermano -a quien criaste como un verdadero padre- a dos metros de distancia, bypassear a Paillaco y Futrono de tu menú, menos si tu entrada había sido destinada al norte y el fondo al centro de Chile, país responsable de todos tus valores y carencias. Y ni siquiera elaboraste esa estrategia; fue el mero fruto de tu sicología, leal a los que se han salvado contigo, la que actuó en la hora más crucial de tu vida.

Lo que nosotros no sabemos, porque no somos capaces de dimensionar lo que en la materialidad de tu existencia significó la experiencia de Master Chef, es que tu primer lugar no fue sino el primer paso a un enriquecimiento integral, cultural, intelectual que se sumará a tu calidad humana para alcanzar la felicidad que toda persona merece.

Lo más notable y a la vez interesante de tu paso por el programa, de la euforia que provocó en el país que deliberó tu merecimiento, es que sea un espectáculo de televisión que después del resumen en el matinal pasará a la historia, el que cumpla en este país de plástico la tarea de decirnos la única verdad que se esconde detrás de tu victoria: sin las mismas oportunidades de Daniela, ganaste. Sin la misma educación de Daniela, ganaste. Sin los mismos timbres en el pasaporte de Daniela la seguridad incólume de tu triunfo mientras separabas la carne del hueso se ratificó ante tu ojo caído por quizás qué parálisis provocada por quizás qué accidente laboral en quizás qué comuna de esta Patria. Porque la vergüenza a pedir la cuenta que hasta la muerte sentirán los que nacieron pobres pesa frente a los que si no les parece la temperatura de un plato en un restaurant llaman al mozo para que lo recaliente.

Qué bonito es, Ignacio, que hoy la juventud chilena tome tu victoria como un desagravio a la injusticia de origen político, al desangramiento de talentos que azota a nuestras comunas, a las provincias donde el arte de cabros pescadores ni siquiera se ha enterado de lo que significa Fondart.

Lo que hemos dicho es que aquí importa una raja si a tu zapallo le faltó azúcar, o a tu carne cocción; lo que hemos dicho, metafóricamente, mágicamente a través de lo que algunos podrían considerar una estupidez –como un mensaje de Facebook hablando de la tele- es que este país por fin tuvo los cojones, la inteligencia y la altura para otorgarle a tus capacidades la posibilidad de desarrollarse. Es que lo que estamos buscando los que cuando nos olvidemos de tu nombre sigamos creyendo en los hermanos de tu historia desposeída de colegio emblemático, o de 50 lucas para un subvencionado, es que sea tu “hijito”, ese que viajó del sur, o tus sobrinos, los que repitan tu destino.

Ignacio, tu victoria es grande porque la épica de nuestra generación, la que en pleno siglo XXI sigue impactándose con la “lucha de clases” en un reality, es evitar a toda costa, con convicción y responsabilidad, que otro Ignacio, en algún lugar de Chile, se quede con los platos en la casa porque no le alcanzaron los puntos de una prueba estandarizada, y porque el modelo que sólo premia a los que llegaron a 600 no le deja espacios para lucirse donde se le dé la gana.

Porque, en última instancia no nos engañamos: el triunfo de la meritocracia es una excepcionalidad, y en Chile sigue ganando por goleada el capital cultural acumulado por la pertenencia a una clase. Esta noche la desigualdad no pena, como sí lo hacen los bolsillos pelados de Leonora, junto -también- con la ausencia de la más mínima animadversión a Daniela, más allá del contexto de su segundo lugar.