A más de cien años de los sucesos que dieron origen a esta efeméride, el Primero de Mayo parece confundirse en el maremagno de días festivos que contiene nuestro calendario anual. Vaciada ya de gran parte del sentido original con el que fue concebida, la conmemoración de este día llega cada año como poco más que una pausa laboral entre la Semana Santa y el Día de las Glorias de la Armada. Lejos de las grandes concentraciones obreras que la caracterizaron en antaño, salvo en países en donde éstas son promovidas desde el Estado (Cuba, por ejemplo), los mítines de nuestros días se constituyen como modestas evocaciones a sus predecesores.

Para establecer los orígenes de esta efeméride, es preciso que tengamos en claro – primero que todo – una serie de hechos.

En primer lugar, la conmemoración de este día fue concebida para hacer alusión tanto a un hecho puntual, como a la serie de episodios desencadenados por éste. Por aquello, si se hace desde esta perspectiva, si nos adentramos en los orígenes de esta efeméride, el resultado será aún más rico en sentido.

Durante la primera parte del siglo XIX, tanto en Europa como en las regiones desarrolladas de la América del Norte, en las emergentes factorías industriales, se exigía a los obreros trabajar doce y hasta catorce horas diarias, durante seis días a la semana, incluso a niños y mujeres; en faenas pesadas y en un ambiente insalubre o, lisa y llanamente, tóxico. Los emigrantes europeos, que llegaban entonces a los EUA en busca de un, muchas veces, ilusorio mundo mejor, crearon las primeras organizaciones de obreros agrupándose por nacionalidades, constituyendo luego gremios por oficios afines (carpinteros, albañiles, etc.), y orientando su acción por las vías del mutualismo. Los obreros propiamente norteamericanos se limitaban a buscar consuelo para sus sufrimientos terrenales en las diferentes sectas religiosas existentes en el país. La primera huelga brotó, entre los carpinteros de Filadelfia, en 1827, y pronto la agitación se extendió a otros núcleos de trabajadores. En 1832, los trabajadores de Boston se lanzaron a la huelga por la jornada de diez horas, agrupados en débiles organizaciones gremiales por oficios. Pese a que el movimiento se extendió a Nueva York y Filadelfia, no tuvo éxito. En 1840, el Presidente Martín van Büren reconoció legalmente la jornada de 10 horas para los empleados del Gobierno y también para los obreros que trabajaban en construcciones navales y en los arsenales. En 1842, dos Estados, Massachusetts y Connecticut, adoptaron leyes que prohibían hacer trabajar a los niños más de 10 horas por día. Aún era poco, y los movimientos obreros continuarían, al tiempo que los gobiernos estaduales cedían muy lentamente a estas presiones.

En los Estados Unidos de América, el 1° de Mayo de 1886, más de trescientos cincuenta mil trabajadores de unos once mil establecimientos de todo el país se declararon en huelga por la jornada de 8 horas, en cumplimiento de un acuerdo tomado por la Federación Americana del Trabajo, en su Congreso de Chicago celebrado dos años antes. Dentro de esta agitación se produjo una huelga en la empresa de maquinarias agrícolas Cyrus McCormick. Un choque en esa fábrica, de los huelguistas, con rompehuelgas y policías, terminó con muertos y heridos. Frente a estos hechos, elementos anarquistas llamaron a un mitin de protesta en la plaza de Haymarket de la misma ciudad, el 4 de mayo, el que terminó con nuevos ataques de la policía a los manifestantes, con nuevos muertos y heridos, con el enjuiciamiento de los principales dirigentes y con la declaración de estado de sitio. El 21 de junio de 1886, se inició la causa contra 31 responsables, siendo luego reducido el número a 8. Pese a que el juicio se realizó sin respetar norma procesal alguna y aunque nada pudo probarse en su contra, los ocho de Chicago fueron declarados culpables, acusados de ser enemigos de la sociedad y el orden establecido. Tres de ellos fueron condenados a prisión (dos de ellos a cadena perpetua, y un tercero a trabajos forzados por quince años) y cinco a la horca. Las ejecuciones provocaron una reacción de protesta a nivel internacional. Cuando años después el caso fue nuevamente investigado como consecuencia de la reacción internacional que se había desencadenado, John A. Itgel, gobernador de Illinois, llegó a la conclusión de que ninguna prueba había sido presentada que demostrase la culpabilidad de los ejecutados. Desde ese momento los cinco anarquistas ahorcados pasaron a ser conocidos en todo el mundo como los «mártires de Chicago».

De acuerdo este hecho, como segundo punto y en estrecha relación con el primero, es necesario precisar que, el Primero de Mayo no fue concebido como una festividad, sino como un evento de reivindicación (en tanto que se enarbola la bandera de la jornada de 8 horas) y de conmemoración (en la medida de que todos los primeros de mayo, desde entonces, serían aprovechados por los anarquistas, y por todos los obreros en general, para recordar a los cinco mártires que habían sido ajusticiados víctimas de los prejuicios y de la represión policial). Cuando en el año 1889, la Segunda Internacional (un congreso internacional socialista de trabajadores y sindicatos obreros, formado por partidos socialistas y laboristas que deseaban coordinar la actividad internacional de los movimientos obreros que se habían formado en gran parte de los países europeos; organización que en 1910 también se encargaría de establecer el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora) estableciera este día como una gran manifestación a fecha fija, lo hizo con la intención de que en todos los países a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores emplazaran a los poderes públicos (al Estado) ante «la obligación» de reducir legalmente a 8 horas la jornada de trabajo y de aplicar las demás resoluciones del mismo congreso, celebrado en la ciudad capital de Francia, París. Ese día (el 1° de mayo de 1889) cientos de miles de trabajadores se manifestaron en las principales ciudades del mundo desarrollado. En Francia hubo huelgas y manifestaciones en 138 ciudades y localidades importantes. Sólo en París, se reunieron unos cien mil. En el resto de Europa las manifestaciones obreras desataron enfrentamientos con la policía en diversas ciudades del Imperio austro-húngaro, Italia y Polonia, y hubo miles de obreros marchando en las principales ciudades del continente (Viena, Praga, Budapest, Varsovia, Estocolmo, Copenhague, Bruselas, Milán, Turín). En Londres, capital del país más industrializado de la época, más de 300.000 personas se movilizaron en las calles el 4 de mayo (decidieron hacerlo en esta fecha que era un día no laborable). Los cuatro lemas principales que aparecían en las pancartas e insignias del 1º de Mayo eran: los “Tres ochos” (ocho horas de trabajo, ocho horas de esparcimiento, ocho horas de sueño), “El voto para todos”, “Libertad, Igualdad y Fraternidad” y “Trabajadores de todo el mundo, ¡uníos!”.

En un mundo, en donde la jornada de trabajo oscilaba entre las 10 a 16 horas por día, la reivindicación, el motivo de la lucha por las 8 horas legales de trabajo no era simplemente la mera reducción de jornada, que algunos obreros deseaban, no tanto por tener una vida más ociosa – no se puede transponer el concepto de ocio actual para hablar de aquella época – como para poder disponer de más tiempo para cultivarse como seres humanos; sino además conseguir que con la reducción de jornada se consiguiese emplear a los miles de cesantes que se morían (literalmente) en la miseria.

En tercer punto, es posible también señalar, que el Primero de Mayo posee un segundo origen enraizado en festividades propias de la cultura estadounidense. Como se ha señalado, el origen de la fecha adoptada, 1° de Mayo, proviene de los EUA, pero no sólo responde al recuerdo de una serie de negros episodios en la historia de las reivindicaciones obreras, así como a la lucha por la jornada de 8 horas de trabajo diario; puesto que la elección del día 1° de mayo para comenzar el movimiento del año 1886 no fue un hecho azaroso, sino que se hizo debido a la costumbre de los carpinteros y otros trabajadores de la construcción de reunirse en primavera, época del año en que comenzaban sus trabajos, porque en invierno los empleos eran escasos. Estas reuniones de primavera se hacían con ánimo festivo y paulatinamente tomaron la forma de un desfile del 1° de Mayo como día tradicional de festividades populares. Consecuentemente, al revivir los sindicatos de la construcción después de un largo y duro invierno (característico del hemisferio norte), los empleadores se hallaban dispuestos a aceptar rápidamente sus condiciones para que comenzaran a trabajar de inmediato.

Curiosamente, no fue ni en los EUA, ni tampoco en los estados desarrollados del Viejo Mundo, en donde, por primera vez se festejó – como tal – un día de los trabajadores. Por el contrario, fue en Australia, en donde exactamente 30 años antes (1856) se concibió y materializó la idea de celebrar un día de fiesta obrera como medio para alcanzar la jornada laboral de 8 horas. Allí, se decidió organizar un día de paro completo con mítines y entretenimiento como medio para alcanzar el mencionado objetivo. El día elegido: el 21 de abril. Si bien, en un principio la intención se limitaba únicamente a ese año, el impacto sobre las masas fue tal, que se tomó la decisión de repetir la festividad cada año. Con el paso del tiempo, el Primero de Mayo sería conmemorado como el “Día Internacional de los Trabajadores”, reconocido aún por la Iglesia Católica, quien lo asimiló a la festividad de «San José Obrero», instaurada en 1954 por el papa Pío XII. Sin embargo, no en todos los países del mundo un día destinado especialmente a los trabajadores se encuentra asociado al primer día del mes de mayo y, por más paradójico que nos parezca, ni siquiera ocurre así en la cuna de esta efeméride, EUA. Allí y en Canadá, celebran el Labor Day (Día del Trabajo) el primer lunes de septiembre; Nueva Zelanda, hace lo propio el cuarto lunes de octubre. En Australia, cada estado federal decide la fecha de celebración: el primer lunes de octubre en el Territorio de la Capital Australiana, Nueva Gales del Sur y Australia Meridional; el segundo lunes de marzo, en Victoria y Tasmania; el primer lunes de marzo, en Australia Occidental; y el primero de mayo en Queensland y el Territorio del Norte.

En lo que respecta a nuestro país, el primer llamamiento a festejar este día, se remonta a 1899; cuando desde las páginas del pasquín anarquista El Rebelde (editado en Santiago), el obrero tipógrafo Magno Espinoza exhortara a conmemorar el día de los trabajadores. Sin embargo, se deberían esperar varias décadas para que éste se transformara en un día feriado, hecho sólo acontecido por primera vez en 1925, durante la segunda parte del primer gobierno de Arturo Alessandri Palma, quien mediante un decreto estableció como feriado el día 1° de mayo, como homenaje a la fiesta del trabajo.