La marcha del ocho de agosto demostró que el movimiento estudiantil está más vivo que nunca. Aquella frase ya resulta un cliché que llega a producir náuseas. Seremos un poco más originales: nadie esperaba que las movilizaciones estudiantiles pudiesen concitar tanto apoyo con toda el agua que ha pasado bajo los puentes de la memoria. Ahora sí.

De hecho, la cantidad de gente en la marcha, si bien no era comparable a los grandes reventones de 2011, sí era una masa considerable. Pese a que los debates dentro del aula están apagados, en la calle los pocos que mantienen la adhesión a la marcha como medio de protesta lograron sumar una buena cantidad.
Es una buena noticia aquello. La ex concertación no puede interpretar esta adhesión a las marchas como un cheque en blanco para su hasta ahora desconocida reforma educacional. Sin duda que es muy poco lo que se conoce de dicha reforma, y los pocos detalles hasta ahora conocidos hablan de una reforma destinada al fracaso y al derroche de fondos fiscales. Es evidente que aquella no es la reforma ni necesaria, ni suficiente, ni la que los estudiantes buscan.
Ahora bien, es indudable que la voluntad política de realizar por fin una reforma en serio existiría. Pero para ello hay no pocos problemas por salvar. Por ejemplo, para evitar la externalización y los voucheres, se necesitaría reformar buena parte del estatuto de la propiedad en la Constitución Política de la República, sino reescribirla por completo. El descalificar los proyectos que el gobierno ha presentado sería de una ceguera política imperdonable que terminaría por alejar a los más sensibles -siempre la mayoría -por lo cual no es una vía recomendable.
Lo que se debe hacer es tener cautela y alerta. Estas demostraciones de fuerza, bien administradas, pueden disuadir al Gobierno a que generen una solución acorde con los intereses de los empresarios educacionales y que por primera vez actúen en función de las necesidades del país.
Pero hay que tener mucho cuidado.
El gobierno sabe que nos necesita calmos y silenciosos. Por otro lado, los estudiantes llevamos el desgaste de las largas jornadas de 2011 y el imprudente reventón de 2013, que solo vino a liberar tensión, más no logró imponer postura alguna. No podemos darnos el lujo de volver a tener otro año anormal por la protesta. Por eso, el camino a seguir es la mera demostración de posibilidad de lanzar la fuerza. Saben que venimos desgastados, saben que acelerar a fondo de la nada podría ser fatal para mantener encendida la llama del nacimiento de la Nueva Educación Pública, pero tampoco podemos quedarnos en casa, esperando a que llegue el socialismo. Cautela, siempre cautela. Pero también alerta. Que se sepa: por ahora no recalentaremos las máquinas, no quemaremos las naves. Pero si es necesario, estaremos dispuestos a hacerlo. No hay que hacer paros y tomas en vano. Son nuestro último recurso, así que hay que dejarlos para el final. En serio. Y no acudir a ello a priori, solo para demostrar que el grupo político que la convoca es el menos amarillo de todos. Estrategia por sobre todas las cosas.