Hey, hey, hey

Manuel Rodríguez ha sido elevado en la actualidad a la figura del auténtico revolucionario chileno. El rescate de su figura por parte de grupos de izquierda, desde los ochenta, cuando con él bautizaron al grupo paramilitar que buscó liberar al país de la dictadura con los mismos hierros con que ésta se impuso, aunque con infantiles pretensiones -¿qué clase de batallón suicida puede hacerle la contra a un enorme ejército apoyado por una maquinaria financiera descomunal? -se sumó al descrédito de la figura de Bernardo O’Higgins, que fue revindicada por el ejército, más por defecto que por convicción. Bernardo O’Higgins, por razones estrictamente circunstanciales, hubo de formar un ejército regular. Era del todo natural que el ejército traidor buscara refugio en su figura una vez que su declive moral quedó en evidencia, por mucho que ya no compartiera con él sus ideales.

De ahí a la defenestración de la figura de O’Higgins hubo un paso. El primer golpe vino desde Gabriel Salazar, quien derechamente no tuvo problema en calificarlo de dictador. Una categorización que es comprensible para un gobernante del siglo XX, pero no para uno de la primera mitad del siglo XIX, cuando ni los Convenios de Ginebra existían, Marx cortejaba chiquillas y jugaba a la escondida con los libres, y la concepción moderna de los derechos humanos estaban recién asentándose. Hoy Napoleón podría ser asimilado con Hitler, pero en aquél entonces era el vector de la ilustración para toda Europa, el catalizador de las independencias americanas, el colaborador indispensable que tuvo la codificación y el derecho moderno. Reafirma esto el punto: no podemos usar el mismo baremo. Además, no deja de ser extraño este dictador que abdicó por la rebelión de la aristocracia que reclamaba le retornaran el poder y no le tocasen sus privilegios heredados del antiguo régimen, en lugar de resistirse y llevar a una nación a la autodestrucción. Nuestro concepto de dictador es uno bien distinto. Nuestro concepto dictatorial está más ligado a Diego Portales, a Carlos Ibáñez, a Alessandri y González Videla a ratos, a Augusto Pinochet. Lo que vino después de O’Higgins fue solo la desorganización y la locura, que algunos llaman anarquía, otros, ensayos institucionales, -y hasta una federalización forzada que ahora los neocon ancap miran con nostalgia – pero que al fin y al cabo no eran más que cuicos peléandose el pastel, solo para que se decantara en los que tenían el monopolio del tabaco.

O’Higgins era un niño marcado por el hecho de no tener padre conocido, que por ese entonces era un hecho infame. Ser huacho en Chile no era motivo de orgullo. Esto, y su soltería -y el hecho que viviera con la mamá, de quien, hasta se dijo, era la verdadera Directora suprema en las sombras – fueron usados a lo largo de su carrera, por sus opositores, para denostarlo. Hasta en ello hallarían los aristócratas el motivo de su iniciativa de eliminar los títulos nobiliarios y los mayorazgos: si O’Higgins quería que todos fueran iguales era para encubrir su situación de desigual e inferior, dirán. O’Higgins sería el primer resentido.

Su soltería ha sido objeto de muchas especulaciones. La última, de la mano de un escritor de Ciencia Ficción, la atribuye a la homosexualidad. Que “Magallanes” sería el negrito pingón que se lo estaría fifando, y al que llama al lecho de muerte. Demasiado sobregirado.
La realidad es otra. Mina que pretendía lo rechazaba. La aristócrata que le dio un hijo, Pedro Demetrio, estaba en ese momento casada con otro. Es fácil adivinar que, cual Borges, chiquilla a la que pretendía es chiquilla que le hacía la desconocida. O’Higgins, afecto constantemente a ataques a su autoestima, fue el primer friendzoneado de la nación.

De ahí, el contraste con Manuel Rodríguez, el seductor empedernido. O los Hermanos Carrera, de los cuales se decía las mujeres suspiraban. Lejos del regordete y enano que de pura suerte ganaba las batallas, ese campesino que apenas le cabía el uniforme y era salvado por San Martín.

Perdónenme, pero tanto basureo contra alguien que domó los destinos de una nación caótica por cinco años no puede ser gratuito, siempre es intencionado.

Por eso no puedo sino sospechar de la portada del libro de Baradit. Empatar a O’Higgins con Pinochet es más que mal intencionado, es una mariconada. Una mariconada que solo se entiende en la pulsión sensacionalista que le ha permitido vender libros de 200 folios como pan caliente.

Uno esperaría un poco más de esfuerzo y menos sensacionalismo.

Al final, O’Higgins, defenestrado y exiliado, no ha dejado de recibir escupos. Escupos que no eran siquiera para él, sino de los impresentables que, una vez no pudiendo soportar más la lluvia de esputos, fueron bajo su estatua a pasar el chaparrón.

Manuel Rodríguez interpretado por Benjamín Vicuña, O’Higgins por un actor patagónico con episodios psicóticos. Manuel Rodríguez, el abogado. O’Higgins, el huacho. Al final, O’Higgins era un resentido que quería impedir que el niño lindo se saliera con la suya y llevándose el crédito por el solo hecho de desordenar el gallinero y poner todo en riesgo solo por hacerse el trosko james bond y no tener ni un ápice de disciplina. O’Higgins era un resentido que le quitó los esclavos y los títulos nobiliarios a los hacendados españoles. O’Higgins era un resentido al que las minas cuicas jamás le dieron la pasada. 200 años después, los cuicos siguen ganando. Siempre.