Desde hoy renuncio. No finjo más.
Seré misógeno sin remordimientos.
Se acabó esta mierda, quiero ejercer mis privilegios de hombre blanco y heterosexual.
A la mierda esta comida vegana, quiero comer asados de cordero y otros mamíferos adolescentes, como lo hacen los machos recios. Quiero beber su sangre y comer su sangre bien aliñada, con puré molido por niños explotados, explotados hasta verter su sangre en la leche que nunca beberán.
Quiero obligar a las mujeres a que tengan sexo conmigo. Sexo anal, doloroso, hasta las lágrimas, tapándoles la boca para que no griten, golpéandoles en la cara para que no lloren, que después agradezcan que eyaculo en sus caras.
Me aburrió esto de fingir ser el progre, el open-minded, el feminista que comprende y adhiere a sus revindicaciones.
Me aburrí de hacerme el buena onda, de simpatizar con la horda de flojos que hacen marcha todos los días con tal de sacar la vuelta, no ir a clases y hacer destrozos en las calles. Todos sabemos que quieren no pagar el colegio con tal de tener más dinero para tomar y culiar. El único que tiene derecho a tomar y culiar soy yo. Es un derecho sagrado. Está en la constitución. La constitución de nosotros, los hombres blancos, altos, adultos y heterosexuales de alto poder adquisitivo y/o de endeudamiento.
Se acabó, no solo les gritaré piropos sino que les palmotearé el culo a las muchachas quinceañeras que pasan en bicicleta con pantaloncillos.
Se acabó, no fingiré más porque nadie me da apoyo de vuelta, ninguna sonrisa, ni un beso de esas muchachas bellas, delgadas, altas feministas anticapitalistas y veganas. Me aburrí de que nadie me dé monedas por no tener piernas.