Pdro Montt

Cada mañana mi alarma suena, pero la ignoro, lanzo el celular contra el suelo, esperando a oír la carcasa y la batería rebotar por el piso de mi habitación. El piso es de alfombra, pero mi oído se ha vuelto experto, en reconocer aquel sonido placentero de destrucción e irresponsabilidad. Mamá abre mi puerta y dice “Lázaro, levántate”, lástima que no soy cristiano, y que mi muerte no es más, que la pereza encarnada en mi alma. Mi pereza y yo, uña y mugre. Odio los lunes, odio los martes, odio los miércoles, los jueves, los viernes, me dan ganas de llorar, de hacer una pataleta de niñito de básica, como mi hermana. Pero mi método es diferente, yo no digo nada, espero a que mi madre ponga un pie afuera de la casa, a que la puerta trabada golpee el marco y quede cerrada. Ahí, cuando mi vieja ya no está, pienso “¿Tengo ganas de ir al Liceo? No, qué paja”, de repente me come la responsabilidad antes y, en vez de quedarme en cama, me levanto y me pego una ducha-siesta de 30 minutos, también con la oreja parada para cachar si mi familia se fue. Si la pienso más de tres minutos, cagué, otro día de jugar FIFA, pajearme, comer huevadas, bajar a comprar paraguas con la plata de la micro.
Me digno a levantar mi pesado cuerpo, es como que tuviera un velcro en la espalda, miro el reloj “7:20, pico, ya llegué tarde”. Me meto a la ducha y todo el esquema del pingüino: calzoncillos, camiseta, calcetines, puta la hueá, no tengo calcetines de un mismo color, pienso “¿Si voy con uno rojo y uno verde, me irán a hueviar?” camisa, corbata, pantalones, cinturón, blazer/vestón/terno (como se llame la hueá). Voy a la cocina, miro el reloj de nuevo “8:10, ya, me tomo un café, unos panes tostados con palta, me juego un FIFA y me largo”. Por alguna razón se me ocurre mirar dentro de mi cajón “tengo un cogollito, ya, si igual un mañanero para empezar bien el día”, enrolo el pito, lo prendo mientras me tomo el café y unto la palta molida en los panes, DÍOS MÍO, no hay nada mejor en el mundo. Me doy cuenta de que ya no hay café en la taza hace rato, que tengo los audífonos puestos y tiré la corbata a la mierda, miro el reloj “9:07, con-cha-tu-ma-dre”. Como puedo me hago el nudo de la corbata, tomo mi mochila y voy al paradero a tomar la micro, me cago de la risa porque un perro se intenta culear a un congénere miniatura, un Chihuahua. Nunca he entendido esa hueá que tienen las minas cuicas con los perros chicos. La flaquita sport aparta al perro calentón de su rata canina. Sé lo que se siente, amigo mío.

“MICRO CULIÁ, NO PASA NUNCA”

“Hueón, venís pasado a cigarro”